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La historia, por suerte, tiene un final feliz: durante la pandemia, Joanna volvió a casa y compartió con Eva que en Inglaterra (y más tarde comprobaron que también en Estados Unidos) el servicio de alquiler de ropa era algo muy habitual, especialmente para eventos en los que el coste por uso de prenda no sale realmente rentable. Cinco años y medio después, en 2014, tras superar la oposición que le convertía en notario, le reclutaron sus colegas.